Puesto por Joe Noda en Mayo 14, 2008 | 23:58:42
Escrito por Roberto Luque Escalona El general Castro y il suo fratello –Artículo para el diario romano La República. Perseguido durante toda su vida por el menosprecio, muchos dicen que no es general ni tampoco Castro, que sus grados han sido un regalo y al mismo tiempo una imposición del Hermano Grande, pues su experiencia combativa es ínfima, más en un país que ha librado dos guerras en Africa y cuenta con muchos generales verdaderos, con estudios en las academias militares soviéticas y experiencia de combate; también se dice que no es un Castro, que es hijo de un oficial del ejército de la época anterior llamado Mirabal con quien su madre tuvo una relación extramarital. Por último, durante mucho tiempo han corrido rumores sobre su supuesta homosexualidad, rumores tan antiguos que hace ya medio siglo que un comentarista de la televisión lo llamaba “la china de los ojos tristes”. Raúl Castro hace un pobre contraste con su hermano. Es mal parecido y carece de dotes oratorias. En realidad parece carecer de cualquier dote: no ha habido en toda la historia de Cuba un personaje político importante-porque importante ha sido- tan desprovisto de cualidades. Aunque ha alcanzado posiciones con las que ni siquiera soñó en su juventud, ha pasado toda su vida subordinado a un hermano mayor abusivo, despreciativo y despótico: si el comentarista de televisión que lo tildaba de homosexual –afirmación que pagó con 18 años de cárcel- lo hubiera llamado “el chino de los ojos tristes” hubiese sido más justo, pues tristes y achinados son los ojos del Raúl Castro. Aun siendo una mala persona, y Raúl lo es, debe ser terrible pasar toda la vida a la sombra de un monstruo. Porque eso es exactamente Fidel Castro: un ser que creció sin amor, que a los seis años fue enviado por sus padres a vivir con unos extraños, cuya adolescencia transcurrió en internados cada vez más lejanos. Hasta que se convirtió en una figura nacional con una parodia de la intentona de Hitler en Munich, fue alguien despreciado. Hijo de una campesina que trabajaba como criada en casa del dueño de la finca y terminó siendo su amante, nació “fuera de matrimonio”. Siendo su familia de buena posición económica, la mala fama de sus padres –él, de ladrón de tierras y explotador de sus trabajadores; ella, de esposa infiel- le impidió tener lo que pudo haber sido una juventud de muchacho rico. La conducta sexual de la madre puede llegar a ser algo terrible en la vida de un hombre. No por casualidad “hijo de puta” es el peor de lo insultos en todos los idiomas. “Vuestra madre fue una prostituta y vos sois un bastardo”: tales palabras debió escuchar, siendo un adolescente, el después célebre don Juan de Austria, vencedor de los turcos en Lepanto. El joven príncipe, hijo de Carlos V, tenía al menos un padre ilustre y podía contestar con altivez: “Mi padre fue un hombre mucho más grande que el vuestro”. Fidel Castro no tenía esa defensa, ese consuelo. Cuando sus compañeros del Colegio de Belén, muchachos ricos y de clase media alta, lo llamaban “campesino bastardo”, no tenía con qué ripostar. Luego, en la Universidad de La Habana, ocurrió otra catástrofe, esta por omisión: Fidel nunca pudo convertirse en líder estudiantil, antesala de la política; sus compañeros universitarios nunca parecieron notar su luego famoso carisma. Aspiraba a la presidencia de la FEU (Federación Estudiantil Universitaria), pero no pudo presidir ni la Escuela de Derecho. Fueron varios años tratando de sobresalir, de hacerse con un nombre. Los intentos incluyeron la militancia en uno de los grupos de jóvenes violentos que existían en aquella época, revolucionarios sin revolución a los que se les llamaba “gansters” sin serlo en realidad, pues sus actividades delictivas se limitaban a matarse entre si. En uno de esos incidentes Fidel Castro huyó ante alguien de coraje más sólido, y el recuerdo del incidente lo persiguió durante años, hasta que casi tres décadas después una bomba destrozó el automóvil del antiguo perseguidor... con él dentro. En sus años mozos Fidel Castro nunca fue aceptado, nunca fue reconocido ni respetado. En cambio, siempre supo lo que quería. Sus objetivos en la vida siempre fueron claros. Y los alcanzó. Para desgracia nuestra, pues Fidel odia a sus compatriotas; odia al país donde nació; odia a quienes lo llamaban bastardo y a los que no lo llamaban así, pero pensaban igual que los otros; odia a los que no supieron comprender su valía y apreciar su carisma. Solamente el odio puede explicar la minuciosa perversidad con que ha destruido Cuba, que era, a mediados del siglo XX, el país más progresista del mundo hispano, incluida la propia España. Desde el ferrocarril, en 1836, hasta la televisión, en 1950, siempre a la cabeza, siempre con empresarios cubanos como protagonistas del progreso, sin olvidar la participación de una clase obrera sumamente hábil y laboriosa. Los que se asombran de nuestro éxito económico en Estados Unidos, de la conversión de Miami en lo que es hoy, cuando al producirse la llegada masiva de los cubanos no era más que un enclave turístico, ignoran nuestras únicas cualidades relevantes como pueblo: talento empresarial y laboriosidad. Si fuésemos en la política tan talentosos como en los negocios, nuestro isla sería algo así como Taiwán o Corea del Sur, países inferiores al nuestro hace medio siglo. Cuando Fidel Castro llegó al poder en medio de una ola de frenético fervor de los frívolos y delirantes cubanos, hacía ya 150 años que Cuba era el mayor productor y exportador de azúcar; hoy la industria azucarera es la quinta parte de lo que fue. En 1959, con siete millones de habitantes, había un número igual de vacunos: una cabeza de ganado mayor por habitante; los cálculos más optimistas dicen que hoy la masa ganadera apenas llega a dos millones. Además, hay miles de hectáreas de la mejor tierra agrícola salinizadas por la intrusión del mar en el cauce de los ríos, cuyo caudal ha disminuido por la construcción alocada de represas. Una cantidad aún mayor de tierras ganaderas ha sido invadida por el marabú, planta espinosa que forma matorrales impenetrables. La contaminación de las aguas de bahías, ríos y lagunas es comparable a la destrucción de las tierras. A largo plazo, lo peor ha sido ha sido la destrucción del espíritu de la nación. Los hijos y nietos de aquellos que marcharon entusiasmados hacia el abismo gritando consignas son hoy un pueblo cobarde, hipócrita, holgazán, amoral. “Estamos hartos de ti, de tu despotismo, de tu irresponsabilidad, de tu incompetencia”. Pero es de Raúl Castro, no de Fidel Castro, de quien me piden que opine. De Raúl, de quienes algunos esperan o dicen esperar que encabece un tránsito a la democracia, ahora que su hermano ha sido vencido y casi destruido por la enfermedad. Los hombres que forman eso que llaman “la cúpula gobernante cubana” (bajo Fidel no había tal cúpula, sino una aguja gótica; en lo alto sólo había espacio para uno) han tiranizado a la nación cubana, pero han sido a su vez tiranizados por un líder caprichoso, imprevisible, que disfruta con la humillación de los demás e ignora lo que es el respeto. Eso cuenta, ante todo, para Raúl Castro. Después de toda una vida a la sombra de un hermano que siempre lo ha despreciado, ahora, a los 76 años, Raúl se convierte en la cabeza de esa especie de monarquía creada por el otro. Pensar que bajo su mando Cuba pasará lenta o rápidamente a la democracia es no conocer a un hombre que ha sido una figura pública durante mucho tiempo. Raúl es un asesino; en 1959 llevó a cabo una siniestra competencia con el Che Guevara en cuanto al número de fusilados. Ha sido cómplice de cuanto crimen se ha cometido en Cuba en diez décadas de ininterrumpida criminalidad. Por otra parte, a diferencia de su hermano, no es un déspota absoluto en el verdadero sentido de la palabra: hay gente con la que debe contar, gente cuyo apoyo necesita. Hablo de los generales, tanto los que están al mando de tropas como los que controlan consorcios de diverso tipo y dirigen el aparato represivo del Ministerio del Interior. Mientras esa camarilla no sea barrida del poder, por medios que no puedo imaginar, Cuba será una tiranía. Fácil es tiranizar a un pueblo corrompido. Otro factor a tomar en cuenta es la suerte corrida por un enemigo y, al mismo tiempo, colega dictatorial. Me refiero a Augusto Pinochet, que propició la vuelta a la democracia al aceptar el resultado adverso en el referendo que decidía el destino inmediato de Chile. Pinochet entregó el poder y ya se sabe cómo le fue después. Es como para desanimar al más temerario de los dictadores. Y Raúl Castro nunca ha pecado de temerario.
miércoles, 14 de mayo de 2008
Siempre he estado orgulloso de esta pequeña diatriba, escrita y publicada cuando aún me encontraba en Cuba. Sin embargo, ahora comprendo que en ella falta el elemento principal que explica la casi increíble destrucción provocada por Fidel Castro, el más destructivo de los gobernantes totalitarios: Fidel nos odia. Odia a los cubanos. Odia a Cuba. Con un odio que viene desde la adolescencia; quizás desde la niñez.
No obstante, a mi modo de ver, bajo su gobierno la vida será más llevadera para ese pueblo. Raúl es un hombre malo de los comunes y corrientes, no un monstruo sin límites y sin afectos como su hermano. Raúl no odia a los cubanos; se siente uno de ellos. La represión contra los opositores seguirá, pero las disposiciones represivas que no tenían ninguna motivación práctica, las prohibiciones absurdas que sólo buscaban recordarle a los habitantes de la isla su condición de pueblo sometido a una voluntad omnímoda, ya están siendo eliminadas. Sólo que llamarle a eso “democratización”, “apertura democrática” o “transición” es pura retórica, palabras vacías, por no decir desfachatez. La libertad es algo más que hablar por un teléfono celular, visitar blogs, enviar y recibir e-mails o alquilar una habitación en un hotel de turismo.