Puesto por Joe Noda en Mayo 12, 2008 | 01:37:52
¿MODELO CHINO, O DE “LA CHINA”? Quienes visitan La “República” Popular China como turistas, o como parte del proceso cotidiano de relaciones comerciales con empresas autónomas en esa nación, asumen correctamente que el extraordinario progreso material que contemplan es el canto del cisne del marxismo. Sin embargo, no es necesariamente el fin del leninismo. Es evidente que los rascacielos, las nuevas carreteras, los hoteles de lujo y las muy impresionantes y numerosas demostraciones de abundancia no son producto de la “distribución equitativa” soviética utilizando el capital estático de una nación con más de 1,300 millones de habitantes. Sin embargo, esos avances económicos que reflejan una eficiencia empresarial indiscutiblemente capitalista, no ocurrieron por evolución natural como en Occidente, sino por la decisión de un régimen tiránico. No hubo en China una revolución del pensamiento ni una fraternidad de hombres libres conquistando derechos inalienables. El Marxismo-Leninismo se define como una conspiración anti individualista que justifica la toma violenta del poder público por una banda criminal, esgrimiendo el falso pretexto de la utopía igualitaria. El llamado “modelo chino” es simplemente la eliminación de esa presunta filosofía igualitaria, pero bajo el contínuo y férreo control dictatorial de la mafia gobernante. El “experimento chino” constituye quizás el descrédito final de Marx, pero también la perfección (quizás la apoteosis) de la tiranía de Lenín. La idea de un régimen autoritario que utiliza con éxito el mercado libre no es nueva. Una dictadura sangrienta ejercida por un individuo o por un grupo y muy capaz de exterminar cualquier oposición política, lo mismo en Tibet que en la Plaza de Tianamen. Un régimen pirata que no duda en violar cuantos convenios internacionales obstaculicen sus objetivos económicos. Una tiranía brutal con potestad para conceder o confiscar por decreto. El movimiento político que preconiza ese estado semi-totalitario, semi-capitalista e intrínsecamente corrupto, se inició desde la primera mitad del siglo pasado, surgiendo como una revisión al llamado Socialismo “Científico”. Su fundador fue Benito Mussolini, un periodista italiano y socialista frustrado que lo llamó fascismo. Ese nombre se derivaba de “fascio”, objeto simbólico del Imperio Romano, que consistía en un haz de varillas sujetado firmemente por una cuerda y el que representaba la idea esclavizante de que sólo por fuerza se mantiene la unidad social en un estado. La economía libre en China no existe sino en ciertas provincias y alrededor de populosos centros urbanos y no es aplicada universalmente. Esa no es la única diferencia entre lo que los diletantis trasnochados del fracaso socialista llaman el “modelo chino” y el fascismo (o su variante teutónica el nacismo, astilla del mismo palo). Los fascistas siempre proclamaron, incluso desde la oposición, un concepto ecléctico del orden socio-económico. Esto los diferencia de estos marxistas semi-arrepentidos, quienes optan por las prácticas capitalistas solamente después de muchas décadas de poder absoluto y sólo cuando la ruina colectivista se hace evidente. El resto, amigo lector, es idéntico. Lo previamente afirmado demuestra la miseria intelectual de quienes encuentran esperanza en las medidas de tentativa “reforma” por parte del Tirano Asistente Raúl Castro. Estas medidas que la prensa “liberal” y los apologistas del castrismo aplauden como portentos de una “pragmática transcición a la democracia”, se resumen a eliminar la prohibición oficial para comprar teléfonos celulares, hornos de “microwave” y otros artefactos electrónicos. El régimen castrista también supuestamente derogó la prohibición de acceso a hoteles y atracciones turísticas para los nativos. No se hace gran énfasis en que para adquirir cualquiera de esos utensilios el cubano promedio necesitaría el equivalente de sus ingresos de varios años, a menos que el posible comprador se cuente entre la élite del régimen, o entre quienes reciben ayuda de familares residentes en el extranjero. Dada la presente calidad de vida del cubano promedio, cabe preguntar, ¿teléfonos para llamar a quién?, hornos “microwave”, ¿para calentar qué? El acceso del pueblo a hoteles de lujo puede ser limitado de mil maneras no muy sutiles, por ejemplo, atuendo adecuado (no accesible a la inmensa mayoría de la población), cobertura en moneda cambiable, etc. Mucho se ha especulado también sobre la liberalización de regulaciones para viajes al extranjero, pero nada sobre la posibilidad de sufragar el pasaje de los mismos por parte del 98% de la población cubana. Esto implica el mantenimiento del llamado “appartheid”, sólo que ahora sólo aplicado a los que no cuentan con los medios económicos (la inmensa mayoría de Cuba). La “transición” de Raúl Castro es hacia un estado en el que la economía deja de ser estática sólo para una minoría tan privilegiada como insignificante. La desigualdad económica brutal que viene observándose en la inmensa China y que ha captado la atención de observadores extranjeros, es magnificada en la sufrida Cuba, con un población de menos de 11 millones y medio. Población que se reduce, de acuerdo a las estadísticas del propio régimen. Mantener la costosa propaganda sobre los “logros de una sociedad sin clases” y mantener a raya un creciente descontento ante una realidad tan dramáticamente opuesta, es el desafío primordial para la tiranía de La Habana. Ese descontento ya se manifiesta de mil modos, aún entre los supuestos partidarios del régimen. Porque en suma, en Cuba el “modelo chino” es visto como el modelo de “la China” (apodo popular del Tirano Substituto). .
Por Hugo J. Byrne