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>Del saber>Diez de octubre de 1868
Luis A. Dumois Núñez,
para Camagüeyanos por el Mundo.
Guadalajara, Jalisco, México.
Octubre 10 de 1997.

Entre los estantes de mi biblioteca, abarrotada de volúmenes grandes y chicos, viejos y nuevos, valiosos y corrientes, guardo un librito —casi un cuaderno— que, a primera vista, no merecería la atención de una segunda mirada. Roto desde hace mucho tiempo, se puede observar sin embargo que ha sido cuidadosamente reparado con una de esas cintas mágicas que casi no se ven ya aplicadas, y que no se ponen amarillentas con los años. En la portada, un indio caribe arenga a un grupo de sus congéneres, quienes, enardecidos, le responden con arcos, flechas y hachuelas en las manos. (Ese fue el mismo indio que, cuando iba a ser quemado en la hoguera en castigo de su rebeldía, decidió no convertirse a la religión de sus ejecutores, porque no quería, después de muerto, irse al mismo lugar que ellos. La comercialización lo convirtió en cerveza, muchos años después.)

Ese cuadernito maltrecho es mi libro de Historia de Cuba del cuarto grado. Para mí, vale más que los nosecuántos volúmenes de la flamante Enciclopedia Británica que adorna otro de los muebles del salón.

Volví a leer la vieja historia, que tuve que estudiar cuando era niño, de La Demajagua, de Bayamo, de Yara, de Manzanillo, de la Guerra Grande, de la Guerra de los Diez Años. De Carlos Manuel de Céspedes y de los patriotas orientales que encendieron la mecha de la guerra de independencia de Cuba. Entresaqué esto para nosotros, hoy que la fecha llega otra vez, 129 años después:

Era el 10 de octubre de 1868. El dueño del ingenio La Demajagua había pasado casi toda la noche en vela. Desde el día cinco, él y los patriotas de la comarca de Manzanillo que lo reconocían como jefe, habían acordado levantarse en armas sin más demora. Luego supieron que el gobernador de Bayamo había recibido orden telegráfica del capitán general de la isla, desde La Habana, de detenerlos a casi todos ellos. Desde el día 8 La Demajagua ya era, de hecho, el cuartel general de los mambises. Iban y venían los jóvenes propietarios de la región, en sus briosos caballos criollos, a recibir y transmitir órdenes. Al fin amaneció el 10 de octubre. Ya todo estaba listo. Una joven, hija del mayoral del ingenio, había cosido la bandera ideada por Carlos Manuel de Céspedes. Con un gallardo abanderado a un lado, Céspedes se paró en medio del batey y ordenó tocar la campana que llamaba a diario a los esclavos al trabajo y al descanso. Ahora, la campana llamaba a la libertad. Cuando se reunieron todos en torno al amo, él les dirigió la palabra. Explicó que quería la libertad para todos los cubanos, sin distinción de razas. Libertad para negros y blancos. Sus esclavos serían mujeres y hombres libres desde aquel momento. Contagiados por las palabras del jefe, otros dueños de esclavos allí presentes renunciaron en el momento a su calidad de amos. Aquella sería la bandera que conduciría a los libertadores de Cuba a la independencia o a la muerte, dijo el líder. Todos los reunidos juraron defenderla. Después, según iban llegando al ingenio grupos de patriotas, se repetían los gritos de ¡Viva Cuba libre!, y de ¡Independencia o muerte!


Mis queridos camagüeyanos, ¡Viva Cuba libre!


Copyright©1997 Luis A. Dumois. Prohibida su reproducción total o parcial sin permiso expreso del autor.